El psicólogo de animales: Loros

Para empezar la semana con humor!!! 


-¡El siguiente!
La puerta de la consulta se abrió haciendo aparición una pareja de loros que, tras cerrar la puerta, se acercó hasta las dos sillas preparadas para la ocasión. Ambas estaban enfrentadas al psicólogo que les miraba con interés a través de sus gafas.
-Ustedes dirán –echó un rápido vistazo a su libreta-. Según tengo apuntado tienen un problema matrimonial.
-Así es, doctor –dijo la hembra. El macho permanecía en silencio con la mirada perdida-. Mi marido no me hace caso y se empeña en gritar constantemente palabras que no vienen a cuento.
-Veamos. ¿Qué tipo de palabras son las que…?
No pudo acabar la frase. El loro macho comenzó a gritar con todas sus fuerzas cortando su pregunta.
-¡LORRITO! ¡LOORRITOOO!
-¿Ve lo que le digo? Cuando menos te lo esperas se pone a chillar como un loco.
-¿Y usted no hace nada para remediarlo? –preguntó el psicólogo dirigiéndose al marido-.
-¡HOLA! ¡HOLA, CARACOLA!
-Pierde el tiempo –dijo la esposa-. No le va a hacer caso. Ya lo he intentado y lo he dejado por imposible.
-¿Usted no tiene nada que decir? –el psicólogo continuaba dirigiéndose al macho-. Necesito la versión de ambos cónyuges para elaborar el tratamiento.
-No ha vuelto a hablar conmigo –la hembra seguía con su perorata-. He intentado conversar con él, entenderle, hablar de nuestra relación… Y no ha habido manera. Lleva días así.
-¡TOOT EL CAMP! ¡EES UN CLAAM!
-Dejando de lado los problemas más profundos seguramente su marido ha desarrollado tics nerviosos que se manifiestan de esta manera –miró alternativamente a ambos e hizo unas anotaciones-. Las expresiones las habrá adquirido del lugar donde acostumbran a estar. ¿Dónde viven?
-¿¡PEDRITO!? ¿¡QUIERES UNA GALLETA!?
-Tenemos la jaula en el comedor. Suele estar la tele puesta y hay mucho movimiento. También queda cerca de la ventana. Y es un bajo.
-¿¡DONDE COÑO ESTÁ EL MANDO!?
-Esto es lo que van a hacer. Múdense a una habitación más tranquila donde ningún estímulo les perturbe. Durante la próxima semana. Y traten de entablar una conversación normal –los loros se levantaron de las sillas y cruzaron la consulta en dirección a la puerta-. Pidan hora a mi secretaria y abonen la visita.
El matrimonio se marchó volviendo a la semana siguiente. Al psicólogo le bastó una fugaz mirada para darse cuenta de que la relación entre ambos no había mejorado.
-¿Qué tal les ha ido? No parecen muy contentos.
-¿Cómo voy a estar contenta? –replicó la hembra de mal humor-. Mi marido ha dejado de gritar. Tenía usted razón. ¡Pero es que ahora no dice ni una palabra!
-¿No dice usted nada? –le preguntó sin esperanzas al loro macho-. ¿No tiene nada que decir?
-¿Cree que hay derecho a esto? –el marido rompió su silencio. La hembra le miró sorprendida-. No ha parado de darme la lata en toda la semana. En toda la vida incluso. Es una cotorra.
-¿¡COTORRA YO!? –gritó ofendida-. Y tú eres más inútil que un pingüino fuera del agua. Si hasta tengo que partirte las pipas.
-Haya paz –dijo el psicólogo tratando de calmar los ánimos-. Tendremos que tratar su relación de pareja. Parece que ése era el verdadero problema. Tendré que planearles un calendario de visitas.
-¡COTORRA!
-¡PINGÜINO!


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